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viernes, 27 de mayo de 2011

Pequeños Relatos II

TSUBAME

            Era una mañana de domingo y los comerciantes habían empezado ya a montar las estructuras metálicas de sus puestos. Algunos, los más rezagados, todavía llegaban con sus furgonetas. Aquella paloma caminaba torpemente por el medio de la calle y, mientras lo hacía, miraba a un lado y a otro sin ningún objetivo concreto. Cuán ridícula puede ser una forma de vida, cuan simple su existencia. ¿Tenía prole? Si la tenía, ¿hasta qué punto era consciente de ella? ¿Qué sentimientos le podían despertar? Supongo que no tiene sentido hacerse semejantes preguntas sobre un animal así. No se puede meter toda el agua de un océano en un cubo. Es absurdo pretender que los animales sienten o se comportan como personas.

            Otra paloma descendió a su lado aleteando y se puso a andar con la misma actitud bobalicona. Los días eran cada vez más largos y el sol iluminaba la mañana pero todavía hacía bastante frío. Seguramente estarían mejor en sus nidos, aunque supongo que si vives de lo que encuentras en el suelo de la calle no puedes perder ni un minuto de tus paseos diarios. Súbitamente una furgoneta atravesó la calle a gran velocidad. Las palomas extendieron las alas para alzar el vuelo, pero solo la segunda lo consiguió. La rueda delantera atrapó el ala derecha de la primera paloma contra el suelo adoquinado, partiéndosela y deformándola en un ángulo absurdo. Esta comenzó a aletear inmediatamente, dando piruetas imposibles en el aire, convulsionada por el indescriptible dolor que, con seguridad, se volvía más intenso con cada nueva sacudida de sus alas. Sus movimientos desesperados eran la viva imagen de la angustia. La mala fortuna quiso que aquellos espasmos la desplazasen justo frente a la rueda trasera que acabó definitivamente con su sufrimiento. Allí quedó aquel animal, como una alfombra de plumas y chicle, aplastado contra el granito.

            Solo fue un segundo, un breve momento de lucha desesperada por sobrevivir y huir del dolor. ¿Quién diría que la paloma no había tenido una existencia más intensa y plena en aquel eterno instante que había precedido a su final que durante toda su vida? En ocasiones solo vivimos, existimos, como arrastrados por la corriente o movidos por la inercia del empujón que nos dieron nuestros padres. Puede que eso no sea realmente vivir. Tal vez necesitemos una experiencia traumática para nacer, para sentirnos realmente vivos, aunque esa vida solo consista en sufrir y morir. Preguntadle a la paloma…

“El Universo nos pone en sitios donde podemos aprender, nunca son sitios fáciles, pero sí los indicados. Estemos donde estemos, es el momento y el sitio indicado. El sufrimiento que sentimos a veces, es parte del proceso de estar naciendo constantemente.”
                                                                       Embajadora Deleen – Babylon 5

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miércoles, 8 de diciembre de 2010

Pequeños Relatos I

KASA

            Es una mañana gris de Abril. Una lluvia débil pero incesante ha empapado ya todo cuanto está a su alcance. Ocho amigos bajan del tren en la estación de Inari. Se dirigen a visitar el complejo de templos del mismo nombre. Las sendas entre los distintos templos forman más de 6 kilómetros de recorrido completo. Van bien abrigados pero no han traído suficientes paraguas. Los prestaban en el hotel, pero en los días como este sencillamente no hay paraguas para todos los clientes. Alguien se tendrá que mojar. Uno de ellos, Goyo, lleva una cámara de fotos bastante grande y aparatosa. Además, viste un estupendo, aunque caro, corta vientos del que se siente bastante orgulloso. A la hora de repartir los paraguas dice:

-No, no me deis paraguas, solo me estorbaría para manejar la cámara. Estoy bien.

            No le hace falta insistir mucho, sus amigos se reparten los paraguas y comienzan a andar por la calle. Algunos comparten el cobijo para no mojarse. No hay mucho trayecto desde la salida de la estación hasta la entrada a Inari, poco más de cien pasos. La calle que da a la entrada del templo es muy amplia y el grupo se dispersa por ella. El corta vientos ya está completamente mojado. De repente una mujer de mediana edad llama la atención a Goyo, corre a su coche, donde acaba de dejar a sus dos hijos, y recogiendo un paraguas se dirige hacia él para dárselo. Gregorio no entiende que es lo que está pasando. La mujer le extiende el paraguas con ambas manos. Es un paraguas bastante elegante. Sin duda no lo ha comprado en la tienda de variedades. Goyo lo coge e inmediatamente ella se da la vuelta y sale corriendo de regreso al coche. Goyo apenas alcanza a decir “Arigatou”. Sus amigos igual de confundidos que él se acercan para preguntarle. No entienden por qué, y por eso están admirados.

            Rodrigo que también ha contemplado la escena, piensa “¿Es necesario un por qué? ¿Acaso en este preciso momento, el mundo no se ha vuelto un poco más hermoso? Si hubiera un por qué no tendría ningún valor. La recompensa del bien es el propio bien, es la posibilidad de ayudar a los demás.”

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